Guelaguetza en el Istmo: cómo la viven los que nacieron aquí

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La Guelaguetza que conoce el mundo es la del Cerro del Fortín: el auditorio al aire libre, los trajes bordados, las delegaciones de las ocho regiones y los lanzamientos de productos al público. Esa Guelaguetza es hermosa y vale la pena verla. Pero hay otra versión de esta celebración, la que no aparece en los folletos de turismo ni en las transmisiones de televisión, y que para quienes nacimos en el Istmo de Tehuantepec es mucho más cercana y mucho más nuestra. Esta es esa historia.

Para el Istmo, julio es el mes de las Velas

Mientras en la ciudad de Oaxaca se prepara el auditorio y se venden boletos para el espectáculo oficial, en el Istmo de Tehuantepec la Guelaguetza se vive de otra manera: a través de las Velas. Las Velas son fiestas patronales y gremiales zapotecas que se concentran principalmente entre mayo y julio, y que en muchos sentidos son la expresión más genuina del espíritu de la Guelaguetza —compartir, celebrar en comunidad, recibir al que viene de lejos— sin que nadie le ponga ese nombre. En Juchitán, Tehuantepec y los municipios del Istmo, julio es el mes más festivo del año y las Velas son la razón.

La delegación del Istmo: el orgullo en el auditorio

Cuando la delegación del Istmo sube al escenario del Cerro del Fortín, algo cambia en el ambiente. Las tehuanas con sus huipiles de gala, sus joyas de oro heredadas y su paso seguro generan una ovación que tiene mucho de reconocimiento y mucho de amor. Para los istmeños que asisten —y son muchos los que hacen el viaje— ese momento es de los más emotivos de todo el día. No es vanidad: es el orgullo legítimo de ver tu cultura representada con toda su dignidad ante el mundo.

"Cuando suena la Sandunga en el auditorio, los istmeños en las gradas no aplauden. Se quedan en silencio. Ese silencio lo dice todo."

La Guelaguetza de barrio: la que no tiene boletería

En los barrios del Istmo, durante estas semanas, los sonidos cambian. Se escucha marimba desde las tardes, hay cohetones en las noches y los vecinos sacan sillas a la calle para ver pasar las comparsas. Las mujeres sacan sus mejores huipiles —no los guardados para ocasiones especiales, sino los buenos de diario— y los hombres aparecen de guayabera blanca. Las casas abren sus puertas y la comida circula sin que nadie haga cálculos de cuánto cuesta. Eso es la Guelaguetza vivida desde adentro: generosidad sin show.

Los que regresan: julio es el mes del regreso

Hay una dinámica muy particular que define julio en el Istmo: es el mes en que los que se fueron regresan. Istmeños que viven en la Ciudad de México, en Monterrey, en Tijuana o en Los Ángeles organizan su agenda del año alrededor de estas fechas para estar en casa durante las fiestas. Las reuniones familiares que serían imposibles en cualquier otro momento del año suceden con naturalidad en julio, simplemente porque todos están de vuelta. Ese reencuentro, esa mesa llena, esa noche con la familia reunida es, para muchos, la verdadera Guelaguetza.

Celebrar en julio: el momento ideal para tu evento

Si tienes algo que celebrar —un XV años, una boda, una reunión familiar que llevas tiempo postergando— julio en el Istmo es el momento más propicio del año. La gente ya está aquí, el ambiente ya está encendido y cualquier evento que organices en estas fechas lleva consigo la energía colectiva de toda la temporada. La única condición es reservar con tiempo, porque julio en el Istmo no espera a nadie.

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