La Regada del Istmo: de la fruta a los productos básicos, una tradición que se transforma sin perder su alma
Hay un momento dentro de las Velas del Istmo que no se parece a ningún otro: el desfile de la Regada. Las calles se llenan de gente, los carros alegóricos avanzan adornados de flores, las capitanas en traje de gala se paran sobre las plataformas y comienza ese instante de caos alegre y colectivo en que todo lo que se avienta al aire se convierte en un regalo. Mangos, piñas, cocos, flores, dulces típicos, trastos, jarritos y hoy también detergente, aceite y arroz. La Regada es el gesto más generoso del Istmo, y como todo lo que es verdaderamente generoso, ha ido cambiando con el tiempo sin perder lo que importa: la intención de dar.
¿Qué es la Regada y de dónde viene?
La Regada de Frutas —también llamada Tirada de Frutas— es uno de los rituales centrales de las Velas istmeñas, las fiestas comunitarias más importantes del Istmo de Tehuantepec, celebradas principalmente entre abril y septiembre con su punto más alto en mayo. Forma parte del ciclo de ritos que acompaña cada Vela: la Entrega de la cera, la Calenda, el Convite de flores, la Regada y la Lavada de olla. Cada uno de estos momentos tiene su función y su significado dentro de la estructura festiva de la comunidad zapoteca.
Las Velas tienen raíces que se remontan a la época colonial, cuando los frailes dominicos introdujeron las festividades religiosas en el Istmo. Sin embargo, el pueblo zapoteca —Binnizá— resignificó estas celebraciones incorporando sus propias tradiciones, creencias y formas de organización comunitaria. Algunos investigadores, como el historiador Manuel Martínez Gracida, sugirieron desde el siglo XIX que las distintas Velas correspondían originalmente a las estaciones del año y al culto a fenómenos naturales, animales y frutos de la tierra zapoteca. La Regada, en ese sentido, es la expresión más directa de ese vínculo ancestral entre la comunidad y la abundancia de la naturaleza: se celebraba dando lo que la tierra daba.
Lo que se daba antes: la fruta como lenguaje de abundancia
En su forma original, la Regada era exactamente lo que su nombre dice: una lluvia de frutas tropicales de la región. Mangos, piñas, cocos, plátanos, guanábanas, nanches y jícamas volaban desde las carretas y los carros alegóricos hacia el público que esperaba con las manos abiertas y la boca lista. La fruta no era un símbolo abstracto: era el producto real del trabajo de la tierra istmeña, y arrojarla al público era una manera de compartir la cosecha, de decir colectivamente que había suficiente para todos. A eso se sumaban los dulces típicos de la región —cocadas, jamoncillos, dulces de pepita y mazapanes artesanales— y las flores, especialmente el terciopelo morado y el pericón amarillo que abundan en el Istmo durante la temporada de Velas.
Los jarritos de barro, los platos y los trastos de cerámica istmeña también formaban parte de lo que se lanzaba desde los carros. Estas piezas tenían un valor especial: eran artesanías locales que la familia organizadora conseguía con artesanos de la región, y recibirlas era un honor y un recuerdo concreto de la fiesta. Atraparlas en el aire sin que se rompieran era una habilidad que los asistentes más experimentados desarrollaban con los años.
El contraste actual: cuando la generosidad se vuelve práctica
Con el paso de las décadas, la Regada fue transformándose de manera gradual. Las familias organizadoras —mayordomas y capitanas— comenzaron a incluir productos básicos del hogar junto a las frutas y los dulces. Hoy no es extraño ver desde los carros alegóricos cómo vuelan hacia la multitud bolsas de arroz, frascos de aceite, paquetes de azúcar, detergente en polvo, jabones, papel de baño y otros artículos de la despensa cotidiana. A primera vista puede parecer que algo se perdió. Pero quien conoce la lógica del Istmo entiende que lo que cambió es la forma, no el fondo.
La generosidad sigue siendo el motor. Lo que se da es lo que la gente necesita de verdad. En una región donde muchas familias viven de economías ajustadas, recibir un kilo de arroz o un litro de aceite en plena fiesta no es un gesto menor: es un alivio real disfrazado de celebración. Las familias organizadoras invierten semanas —y a veces meses— en reunir los productos que van a regalar, y la cantidad de lo que se da sigue siendo una medida del compromiso de la familia con su comunidad. Una Regada abundante habla bien de quienes la organizaron. Una Regada floja, todo el Istmo lo nota.
"Antes se daba lo que la tierra producía. Hoy se da lo que la familia puede dar. El gesto es el mismo: la mano abierta hacia la comunidad, que es la manera zapoteca de decir que aquí todos somos uno."
Los carros alegóricos: arte en movimiento
Los carros alegóricos son el escenario móvil de la Regada y son una obra de arte por derecho propio. Se trata de plataformas decoradas con arreglos florales elaborados, telas de colores, figuras alusivas a la Vela que se celebra y, en algunos casos, elementos escultóricos que pueden tardar días en montarse. Los colores predominantes son los que identifican a la mayordomía organizadora: hay carros en azul rey y oro, en verde y blanco, en fucsia y negro, siempre exuberantes, siempre excesivos en el mejor sentido de la palabra.
Sobre los carros viajan las capitanas —las mujeres que ocupan los cargos organizativos de la Vela— junto a sus familias e invitadas de honor. Son ellas quienes lanzan los productos al público, a veces con fuerza y precisión, a veces con gracia calculada, dependiendo del tamaño y el peso de lo que se avienta. La organización logística de un carro alegórico implica coordinar el transporte, la decoración, el cargamento a repartir, la seguridad de quienes van encima y el recorrido por las calles de la ciudad. Es un evento dentro del evento que requiere meses de planeación.
Los animales: caballos y bueyes en la procesión
Uno de los elementos más singulares y llamativos de las Regadas istmeñas es la participación de animales en el desfile. Los hombres que acompañan el cortejo —engalanados con guayaberas blancas, pantalón oscuro y paliacate al cuello— van a caballo, montando animales que también son preparados para la ocasión: limpios, peinados y a veces adornados con flores o listones en la crin. Las cabalgatas de la Regada son uno de los espectáculos más fotogénicos de todo el Istmo y un punto de orgullo para los jinetes, que compiten silenciosamente en el porte y la elegancia de sus monturas.
Los bueyes también tienen su lugar en el desfile. Los paseos de bueyes son una tradición dentro de las Velas que tiene raíces en el trabajo agrícola del Istmo: el buey fue durante siglos el motor de la milpa y el campo zapoteca, y su presencia en la fiesta es un homenaje a ese vínculo entre la comunidad y la tierra que la sostiene. Ver desfilar una yunta de bueyes decorada con flores por las calles de Juchitán o Tehuantepec es una imagen que no se parece a nada más en México.
La vestimenta: el traje que convierte la calle en pasarela
Si algo define visualmente una Regada istmeña es la vestimenta de las mujeres que participan. Las capitanas y las mujeres de la mayordomía salen a las calles con sus huipiles de gala: piezas bordadas a mano sobre terciopelo, satín o encaje, con motivos florales y zoomorfos en seda de colores que pueden tardar meses en completarse. Los colores del huipil suelen coordinarse con los de la Vela que se celebra, y cada familia elige combinaciones que la identifiquen dentro de la multitud.
Las joyas de oro —collares de monedas, arracadas, cadenas de filigrana— completan el traje y son, en muchos casos, herencias familiares que pasan de madres a hijas. El tocado floral, elaborado con flores naturales o de tela según la disponibilidad, corona el conjunto. Una tehuana bien vestida para la Regada lleva encima no solo ropa: lleva el peso y el orgullo de su linaje, de su comunidad y de una tradición estética que no tiene equivalente en ningún otro lugar del mundo.
Los hombres, por su parte, visten de manera más sobria pero igualmente identificable: guayabera blanca, pantalón oscuro, huaraches y el paliacate anudado al cuello o a la muñeca como seña de identidad. Juntos, mujeres a pie sobre los carros y hombres a caballo, forman una imagen en movimiento que es, en sí misma, una obra de arte colectiva que nadie organiza como colectivo y que sin embargo sale perfecta cada año porque el Istmo lo lleva en la sangre.